Mejor bailemos

– Lo mejor será que bailemos
– ¿Y que nos juzguen de locos, señor conejo?
¿Usted conoce cuerdos felices?
Tiene razón, bailemos.”

baileEsta pequeña genialidad de Lewis Carroll que aparece en ‘Alicia en el País de las Maravillas’ es capaz de representar mejor que nada, ni que nadie, su sentir.

Ese sentir que le hace añorar y odiar a partes iguales aquel día que volvió a coincidir con ella en un lugar cualquiera, y donde escucharon la melodía que les hizo bailar de nuevo.

Cualquiera que los conociera un poco, sabía que eran locos por empezar a danzar con aquella canción que, siempre que escuchaban, les hipnotizaba.La primera vez fue un desastre, y nada, absolutamente nada, hacía presagiar que esta ocasión fuera a ser mejor.

Pero por muy locos que estuvieran por intentarlo, el señor conejo tenía razón, y al menos mientras duraba la música, ellos eran felices bailando juntos. Al menos, él era feliz bailando con ella.

Pero aquella melodía, pasado su tiempo, acabó como se tienen que acabar todas las canciones, y por muy locos felices que fueran durante su transcurso, decidieron, uno más que el otro, volver nuevamente al mundo de los cuerdos.

No se sabe muy bien si este gran baile que es la vida provocará que vuelvan a coincidir alguna vez, y mucho menos si volverán a oír de nuevo su canción.

Lo que él sí que tiene absolutamente claro es, que si pudiera regresar atrás en el tiempo, volvería a bailar con ella exactamente igual a como lo hizo ese día. Por lo menos fue feliz bailando esa última canción, y podrán quitarle muchas cosas, casi todo, pero nunca podrán quitarle el bonito recuerdo que le produce aquel baile.

Aún así, como la vida continúa, ya no le importa si vuelve a sonar de nuevo su canción o no, porque aunque no vuelva a oírla, él seguirá bailando siempre que pueda. Como buen loco que es.

@JcVirin

La foto

fotografaCompartían todo. Hablaban todo. Lo tenían prácticamente todo.

Solo les faltaba la cosa más tonta, una simple fotografía.

No sabían muy bien si era la vergüenza, la dejadez, la mala memoria o el miedo de que una imagen de ellos durara para siempre. Justo al contrario de lo que, tristemente, intuían duraría uno en la vida del otro.

Lo cierto es que aquella foto no llegaba. Se resistió mucho, hasta que un día surgió el momento ideal.

Pararon, para que realizara tan importante labor, a la primera persona que pasaba por la calle con aparente buen pulso.

Ella, coqueta y presumida, escogió su lado bueno mientras se recolocaba su larga melena. Él, vergonzoso y torpón, no sabía ni dónde ponerse para no salir excesivamente mal.

– 1… 2… y… ¡Listo! Mirad si os gusta – dijo aquella amable desconocida.

La foto era maravillosa. Aparecían sonrientes. Felices. Cómplices.

Era, sin duda, el broche perfecto para una noche perfecta.

Pasada aquella velada, los temores que tenía aquél muchacho se hicieron realidad, y todo se truncó con el triste resultado de bifurcar sus caminos.

No fueron días fáciles para él. Quería creer que tampoco lo eran para ella.

Las pocas veces en las que él se ha atrevido a ver aquella imagen desde que todo se apagó, se ha formado en su corazón una extraña mezcla de pena y orgullo, imposible de describir.

Es innegable que observar esa foto despierta en él nostalgia hacia la dulce mirada y eterna sonrisa de su acompañante en tan importante retrato. Pero es curioso cómo una simple imagen es capaz de hacer que lo que más añore realmente sea escuchar su voz.

Al menos siempre le quedará aquella foto, que hará las veces de testigo, para recordarle que todo lo que un día vivieron no fue solo un bonito sueño.

@JcVirin

El máximo común divisor

clip1¿Te acuerdas cuando eras pequeña y tenías que calcular el máximo común divisor en el cole?

Sí, aquella operación tan repetitiva de “los comunes elevados al menor exponente“.

La verdad que desconozco si en aquella época te explicaron exactamente lo que era, pero por si acaso te lo recuerdo.

El máximo común divisor es el producto de los números primos que tienen en común ciertos valores numéricos una vez que éstos han sido descompuestos en factores primos.

Dicho de otro modo. Es el número más grande comprendido dentro de la naturaleza de esos valores y que es común a todos ellos.

¿Pues sabes qué? Yo en mi vida siempre me he sentido un poco máximo común divisor. Es cierto que hacía tiempo que había desterrado esa idea, pero esta mañana me he dado cuenta de que solo era un puto espejismo. Nadie cambia ¿verdad? No iba a ser yo la excepción.

Siempre me he sentido así porque cuando me encuentro problemas en la vida, generalmente relacionados con personas a las que considero o consideré amigos, y descompongo esos problemas para ver qué ha ocurrido, siempre hay un factor común: YO.

Y es que en la vida, como en las mates, puede haber casualidades. Mismos resultados con operaciones diferentes. Pero cuando observas que las casualidades se repiten mucho… muchísimo… pasan a ser una correlación.

Y sí amiga, resulta que siempre soy una de las dos variables de esa correlación tan próxima a 1.

Da igual cuánto me esmere en hacer las cosas bien, porque la experiencia me dice que siempre van a salir rematadamente mal.

Pero ya te digo que conozco el por qué.

Al igual que el máximo común divisor pertenece a la naturaleza de los números, yo pertenezco a la naturaleza de mis problemas.

Y eso, por desgracia, es sinónimo de que más pronto que tarde, si alguien me importa, la acabaré perdiendo.

@JcVirin

Eres mala

espejo2A veces, muchas veces, me planteo que esto de la vida está mal montado. Hay mucho sufrimiento, personas que lo pasan mal, personas que enferman o personas que no llegan a fin de mes.

Reconocido este hecho, nos quedan tres opciones como ser humano: ayudar en la medida de tus posibilidades a paliar esta situación, no hacer nada (que me parece muy respetable) y, la opción que nunca entenderé, dedicarte a joder un poquito más el entorno en el que vives.

Y es que sí, aunque parezca mentira, hay gente que le gusta crispar el ambiente y hacer comentarios fuera de lugar con el fin de reventar familias o grupos de amigos o todo aquel conjunto humano que esos seres consideran felices.

Hace mucho que me estoy viendo venir a alguien con esa actitud, y esa persona se acaba de quitar la careta. Pero no os preocupéis, porque por desgracia o por suerte, en la vida me he cruzado con mucha gente así. Y algunas de esas personas extremadamente próximas. Por lo que sabré campear la situación.

Así que voy avisando a esta “compañera” que con nosotros ha pinchado en hueso.

Eso sí, me reafirmo en lo primero que dije: esto está mal montado.

No entiendo que las circunstancias me hagan ver tan poquito a gente a la que adoro y que normalmente tengo lejos, y que a esta persona tenga la obligación de verla tan a menudo.

Si eres la protagonista de este post y lo lees, quédate con este mensaje: eres mala.

@JcVirin

Orgulloso de tus triunfos

La vida la componen infinidad de momentos y experiencias. Aunque los buenos recuerdos son aquella privilegiada selección que no quieres olvidar jamás.

Y ayer me dieron una gran noticia. Una noticia que inmediatamente archivé en mi álbum de buenos recuerdos. Seguramente la mejor noticia que me podían dar a día de hoy y estoy tremendamente orgulloso de la persona que me la dio, mi amigo Turu.

Hace ya diez años que nos conocemos. Diez años en los que hemos sido uña y carne. Diez años en los que por mucho que hayan intentado separarnos y putearnos, seguimos siendo los grandes amigos que siempre hemos sido y que seguro seremos.

Tío, tus triunfos son los míos. Tus triunfos son los nuestros, los de la gente que te queremos. Y este triunfo común, quien más se lo merece eres tú.

Llevas mucho luchando por esta oportunidad que ahora se te brinda y sé que no la vas a desperdiciar, porque lo único que tienes que hacer es ser tu mismo y trabajar mucho por hacer de la mejor forma posible esa profesión que tanto amas y disfrutas.

Amigo Albertito, hermano, muchísima suerte en el camino que vas a comenzar.

Sé feliz.DSC01019

@JcVirin

Dos segundos

pareja distancia¿Cuánto duran dos segundos? A veces nada, otras veces todo.

Dos segundos fueron los que tardé en reunir la valentía para decirte hola. Tú necesitaste solo uno para sonreírme y devolverme ese saludo.

Dos segundo es lo que tardé en pronunciar con voz entrecortada “¿Te apetece que nos veamos un día?”. No sé ni cómo, pero accediste encantada.

Dos segundos fueron los que me faltaron para besarte aquella noche. Creo que hubiéramos construido algo maravilloso juntos.

Dos segundos tardé en reaccionar el día que te vi cogida de la mano de otro. Tardé mucho menos en ser consciente de que estabas realmente feliz.

Dos segundos es lo que hubiera deseado llorar aquella larga noche.

Dos segundos es lo que me prometí tardaría en olvidarte. Pero me mentí. En olvidarte tardé justo el mismo tiempo que quise compartir contigo, toda una vida.

@JcVirin

Otra tarde

ordenador2Corrió todo lo que pudo correr para llegar a casa. Estaba deseando sentarse frente a su ordenador y dedicarle el post que le había prometido.

Ya llevaba algo más de dos horas dándole vueltas a la cabeza cuando llegó el ansiado momento de plasmar lo que sentía. Las palabras elegantes, las frases de doble lectura y los sentimientos latentes fluían de forma casi inconsciente en aquella pantalla.

Escribió y escribió. Cuando se leía, una pilla sonrisa recorría su cara. Lo que su verbo creaba en ese momento le enorgullecía sobremanera.

Todo estaba listo para ser publicado, pero algo fallaba. No en el texto. No en la forma. No en lo sincero. No en lo especial.

Fallaba que ese rato era de ellos, no hacía falta compartirlo con nadie más. Siempre les quedaría ese recuerdo. Ese momento. Pero solo a ellos dos.

Decidió entonces borrarlo todo, que nadie lo leyera.

Pero él es un hombre de palabra y tenía que dedicarle ese post. Este post.

Así que decidió escribirle lo que gritaba lo más profundo de su corazón:

Cuando estoy junto a ti soy un privilegiado. Gracias amiga por dedicarme otra tarde.

@JcVirin

La chica de nombre vasco y acento sevillano

Eran malos días para ella y un típico martes para mí. Seguramente ninguno de los dos esperábamos nada especial. Nada digno de contar.

Cuando ella entró en aquella sala, se sintió tímida y dubitativa como cada día de aquella semana. Yo, lenguaz y caradura como cada martes, le propuse que se sentara en mi mesa mientras ella presentaba su nombre vasco y su acento claramente sevillano.

Y es que ya sé por experiencia que es posible construir una amistad verdadera en dos horas, que aunque solo dure ese día, deje una huella para ambos.

Seamos sinceros, lo más seguro es que nos olvidemos mutuamente en unos días, pero al menos nos reímos juntos ese rato mientras nuestra breve camaradería se construía gracias a minions naranjas, lápices de colores y, sobre todo, un antagonista común.

Charlamos, cotilleamos, reímos y disfrutamos como los enanos que somos o que fuimos, hasta que llegó la hora de la despedida. Una despedida triste por el sitio, pero una despedida alegre porque es para siempre, y allí las despedidas para siempre son las mejores.

Te deseo lo mejor, chica de nombre vasco y acento sevillano. Ojalá no haga falta volvernos a ver.lapiz

@JcVirin

Notitas con olor a frambuesa

notita2Era una tarde soleada de un día primaveral cualquiera. Una de esas tardes en las que Luis disfruta paseando por su ciudad, perdiéndose por sus callejuelas y parándose a observar esos pequeños detalles que hacen maravilloso cualquiera de sus paseos.

Pero hoy no era posible ese plan. El destino ya había decidido que le tocaba hacer de las suyas.

Su tarde consistía en pasar una tras otra las páginas de sus viejos apuntes de la carrera, buscando un algoritmo de esos que sus profesores decían en clase que el día menos pensado le haría falta para algo.

Pero como suele ocurrir en esta vida, los días menos pensados acaban llegando, y tras muchos años presumiendo del tan socorrido “asignatura aprobada, asignatura olvidada”, hoy tocaba buscar el dichoso algoritmo.

Por supuesto, al igual que casi siempre que buscaba algo, ese algo no aparecía por ninguna parte. Por lo que ya solo le quedaba un cuaderno que revisar. Concretamente de una asignatura de la que él juraría que era imposible que contuviera lo que buscaba. Pero por quedarse tranquilo, decidió rebuscar también entre ese montón de tinta en forma de mala letra por si acaso.

Cuando pasó la cuarta o quinta hoja, vio un pedacito de papel doblado. Le pudo la intriga, lo abrió y antes de poder ver una sola letra, un aroma a frambuesa inundó la habitación, creando en su estómago un escalofrío tremendo. Era una notita de Sonia.

¿Por qué tenía que aparecer eso hoy? Llevaba más de un año sin acordarse de ella y pensaba que ya lo tenía completamente superado.

Sonia era su compañera en la universidad. Su gran amiga. Su único amor. Su triste desamor.

Sonia nunca fue la más guapa de su clase, ni tampoco la más lista. Pero siempre fue la más encantadora y los dos tenían tanto en común que la primera vez que hablaron, él se juró a si mismo que haría todo lo posible por enamorar a esa muchachita rubia que se ponía gafas para tomar apuntes y que le pasaba notitas con olor a frambuesa en clase.

Durante sus años universitarios todo el mundo pensaba que, o estaban juntos, o acabarían juntos. Pero el miedo no se lo permitió. Concretamente a Sonia, el miedo a estropear una amistad tan importante para ella. Concretamente a Luis, el miedo a incomodar a Sonia.

Tras acabar sus estudios todo se enfrió. Sonia se fue a trabajar a otra ciudad, comenzó a juntarse con otra gente y empezó una nueva vida.

Él en cambio, hacía todo lo posible por verla. La llevaba y la recogía de la estación cada vez que Sonia iba a ver a su familia, e intentaba ir a visitarla a su nuevo entorno. Pero nada era lo mismo y todo era cada vez más frío.

Todo siguió así, cada vez más frío y distante, hasta que un día, casi sin darse cuenta, su amistad se convirtió en nada. Y en esa nada llevaban ya tres largos años. Tres años que acabaron justo cuando apareció esa notita que olía a frambuesa.

Luis decidió coger el teléfono y llamarla, pero resultó que la persona que le respondió no era ella y que ese número había cambiado de dueño.

Pasó a su plan B, buscarla en redes sociales, pero tampoco aparecía.

Luís solo tenía claro que la seguía amando, y que quería cumplir la promesa que se hizo hace justo diez años y conseguir enamorarla.

Así que cogió su coche, y tras cuatro horas conduciendo en las que solo paró un momento para comprar flores, llegó a la última casa en la que supo que ella estaba viviendo.

Fue en ese instante cuando le entraron las dudas. ¿Y si ya no vivía allí? ¿Y si se había casado? ¿Y si simplemente no quería verlo?

Se tragó todos sus miedos y llamó a la puerta. Tras un minuto eterno de espera, abrió una señora que no conocía a Sonia, y que decía que ella ya no vivía allí.

Eran las 10 de la noche y acababa de gastar su última opción. Triste y bastante hundido, decidió dar por esa ciudad desconocida el paseo que el destino le impidió dar esa misma tarde.

Aún con el ramo de flores en la mano, mientras caminaba por una céntrica calle escuchó “¿Luis?”. Era la voz de Sonia, entre incrédula e ilusionada.

Ambos corrieron hacia su encuentro y se abrazaron.

Sonia rompió a llorar cuando olió la frambuesa de la notita que Luis llevaba en el bolsillo de su camisa. De repente todos los recuerdos pesaron sobre ella y le dijo a Luis:

– Me fui de tu vida porque no supe quedarme en ella. De veras que lo siento.

A lo que Luis contestó:

– ¿Sabes qué? Hoy hace un día muy bueno, ¿te apetece que paseemos juntos?abrazo

@JcVirin

Tres golpes y un aroma

mujer sombreroEra de noche, no muy tarde. El cielo y yo llevábamos todo el día muy nublados, y esa noche era especialmente oscura tanto de iluminación como de ánimos.

Aprovechando que no había nadie en casa, me senté en mi pequeño despacho a escribir para relajarme. O al menos lo intenté porque la inspiración no llegaba.

Entre tachón y tachón sonó el timbre de casa. Pensé que era raro que alguien llamara a esas horas y me acerqué para ver quién era. Pregunté y no recibí respuesta. Miré por la mirilla y no había nadie.

Extrañado volví al despacho para continuar y justo al sentarme escuché un ruido en el interior de la casa. Fueron tres golpes. Tres golpes secos sobre madera. Tres golpes que claramente no fueron fortuitos.

Me apresuré a ir al salón y ver qué pasaba. No vi nada sospechoso pero sentía como si alguien me mirara desde atrás. Me giré y vi una silueta moverse.

Estaba de espaldas pero tenía figura de mujer. Iba toda vestida de negro y llevaba el pelo recogido en un sombrero de ala.

Me quedé petrificado. Quería gritar, llorar, correr, huir o hablar, pero mi cuerpo respondió quedándose en el mismo sitio, observando cómo esa mujer caminaba hacia mi despacho arrastrando su largo traje con una tranquilidad pasmosa.

Cuando reaccioné grité “¿Quién eres?” pero no obtuve respuesta. Volví a gritar lo mismo, pero solo escuché silencio.

Respiré profundo cinco veces y tembloroso caminé hacia la habitación donde ella había entrado. Al llegar asomé la cabeza con una odiosa mezcla de miedo y curiosidad. No había nadie.

Miré por todas partes y ella no estaba allí. Revisé toda la casa y no había nadie. ¿Quizás me había vuelto loco?

Llegando de nuevo al despacho me senté nervioso y empecé a notar un aroma familiar. Un aroma que hacía mucho que no olía. Un aroma que removió todos mis sentimientos.

Sentado observé cómo encima de la mesa, situada justo debajo de un libro, había una foto. Una foto de un tiempo mejor. En ella salía abrazado a la que había sido el amor de mi vida, la dueña de ese aroma que impregnaba el ambiente.

Di la vuelta a la foto y vi escrito a su letra: “Te esperaré al otro lado, no me olvides”.

@JcVirin